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Envejecimiento y prioridades

La prioridad es aquello que ponemos por delante como más importante o determinante a la hora de tomar una decisión. Vivir de forma coherente con nuestras verdaderas prioridades, las que surgen de nuestro ser más íntimo y no de la conveniencia del entorno, nos acerca a la sensación de bienestar y a lo más parecido a ser felices.

Dejemos a un lado a quienes no tienen prioridades porque aún no han madurado lo suficiente, o porque nunca se han parado a pensar en ello. No es el caso de personas ya mayores, con una trayectoria de vida, de trabajo, de sacrificios, de afectos familiares y sociales, y cuyas prioridades en el momento en que el cuerpo y la mente empiezan a limitar sus posibilidades reales, van cambiando. Temas que eran importantes y habían ocupado mucho tiempo y dedicación, pasan a ser totalmente secundarios. Y asuntos a los que tal vez se había prestado poca atención, ahora son los que dan verdadero sentido a sus vidas.

¿Dónde está el problema? Pues el problema está en que las personas mayores asisten al espectáculo habitual de que sus vidas sean organizadas por otros, sus familiares, los profesionales del sistema socio-sanitario, y el propio sistema. Y en esa organización, aun con la mejor de las intenciones, se suele obviar lo esencial. ¿Qué es lo que realmente desea esa persona que ahora envejece? ¿Qué da sentido a su vida?

Y es que el modelo se centra en la seguridad, en el control, en la reducción de riesgos, y en la prolongación de la vida, teniendo en cuenta los deseos y prioridades y valores de todos los que intervienen (profesionales, funcionarios, familiares, etc), pero ignorando a menudo los deseos del propio protagonista. Se da por hecho que sus prioridades han de coincidir con las de quienes deciden, pero no se paran a pensar que tal vez no sea así. Y de hecho suele no ser así.

La atención integral a las personas que por motivo de la edad o porque suman diversas enfermedades crónicas ven limitada su capacidad de autonomía, debe tener en cuenta esas prioridades, y acompañar a la persona para asesorarla en el cuidado de su salud, allí donde quiera ser cuidada (normalmente ellos/ellas eligen su propia casa), interesándose por conocer qué les importa realmente en ese momento de sus vidas, y tratando de adaptar el plan de cuidados a dar calidad (y sentido) a la vida y no a sobreprotegerla a toda costa, sacrificando las pequeñas alegrías y placeres en el altar del control y la seguridad. ¿Para qué?

El modelo debe cambiar. La población se hace mayor por momentos. El equilibrio va a ser cada vez más complejo. Pero la atención de calidad centrada en lo esencial de cada persona y en que el tiempo que viva le merezca la pena pensamos que es el objetivo a perseguir entre todos.

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