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El valor de la atención sanitaria domiciliaria

La evolución de la medicina, y el modelo de atención sanitaria implantado en nuestra sociedad, han convertido los hospitales en el lugar seguro por excelencia, en el que deben atenderse y solventarse nuestros problemas de salud cuando adquieren cierta importancia o cuando apremia la necesidad de una rápida solución. Paralelamente, la capacidad cuidadora de las familias ha disminuido, al delegar con frecuencia los cuidados en el aparato sanitario proveedor de protección.

Durante mucho tiempo, se equiparó la permanencia en el domicilio en situaciones de complejidad o de final de vida como un atraso, como una señal de asistencia deficitaria. Nada más lejos de la realidad. Ni el hospital es tan seguro como se imagina, ni el domicilio, el hogar, es la antítesis de una buena atención. Ya hace muchos años que la atención domiciliaria ha dejado de ser una atención sanitaria de segunda fila.

Cuando se pregunta a las personas, la mayoría preferirían ser atendidas en su casa y evitar traslados, esperas, estancias en servicios de urgencias, ingresos, que suponen un trastorno para el enfermo y para sus acompañantes. El hecho de que, también mayoritariamente, acaben optando por acudir al hospital, es porque no tienen o no consideran la alternativa. Si el enfermo y la familia no se sienten seguros en casa, preferirán el entorno seguro del hospital. Pero la realidad es que cuando las familias sí disponen de una atención domiciliaria de calidad, con capacidad de resolución, que garantice la continuidad asistencial, se sienten acompañadas, despliegan su capacidad cuidadora, valoran todos los elementos positivos que tiene permanecer en casa para el enfermo, y en muchos casos acaban manifestando claramente su preferencia por quedarse en casa. Y además eso genera una gran satisfacción, y una vivencia del proceso de enfermedad mucho más tolerable y en mayor aceptación.

Si el enfermo quiere estar en casa, y tiene quien le cuide, con un buen soporte asistencial domiciliario podrá afrontar la mayor parte de situaciones en su domicilio, y recurrir al hospital solo cuando esté realmente indicado. La progresiva longevidad ha incrementado el volumen de cronicidad y dependencia, y por tanto las necesidades de la población, de la que un porcentaje muy a tener en cuenta tiene serias dificultades para desplazarse a las consultas, lo que complica cada vez más su seguimiento, y la evitación de ingresos. Ese es el reto de la atención domiciliaria de un futuro que ya es presente, y que ha de poder dar respuesta a las múltiples necesidades compaginando recursos, tecnología, y atención profesional y humana siempre cercana y personalizada.